Solidaridad, adhesión a la causa de los otros, ¿por qué? y ¿con quién? Nos acercamos a este tema de manera breve y sencilla, desde una visión cristiana y Carmelita Misionera.


Las 4/5 partes de la humanidad que vive en situación de pobreza y exclusión, interpela fuertemente la conciencia cristiana. Los dramáticos sucesos en el mundo de estos últimos años han impuesto a los pueblos, nuevos y más fuertes interrogantes que se han añadido a los ya existentes, surgidos en el contexto de una sociedad globalizada, ambivalente en la realidad, en la cual “no se han globalizado sólo la tecnología y la economía, sino también la inseguridad y el miedo, la injusticia y las guerras, la depredación indiscriminada de la naturaleza. Todo esto exige un fuerte compromiso de solidaridad a pequeña escala y de dimensiones mundiales”.

“Solidaridad especialmente con los que viven allí donde el Dios crucificado está y se revela en los márgenes de la exclusión y la opresión de tantos hombres y mujeres que viven y mueren sin dignidad. Allí donde se expresan y se articulan los valores más sagrados, las esperanzas y aspiraciones más profundas de la humanidad. Allí donde se recuerda a todo ser humano en qué consiste esencialmente ser hombre o mujer. Allí donde se convierte en valor central la interrelación y la complementariedad de todas formas de vida” (cf. El caminar de la vida religiosa hoy - Mercedes Lapuente).

NO PODEMOS QUEDARNOS INDIFERENTES ANTE LA REALIDAD QUE HOY VIVIMOS



FUNDAMENTO SOCIAL DE LA SOLIDARIDAD

La esencia de la vida del ser humano consiste en relacionarse en la verdad, la justicia y la solidaridad con todo lo que existe -las personas, la tierra y todo lo que contiene, la naturaleza y los recursos, sintiéndose parte de la familia universal. El hombre aparece íntimamente ligado a los demás seres humanos, como un ser relacional, llamado a construir con todos los demás un mundo más solidario y fraternal.

La conciencia de un origen, de una existencia y un destino comunes es el punto de partida de la solidaridad social. A partir de esta conciencia se acepta implícita e explícitamente que el desarrollo individual está condicionado por la colaboración con los demás y, que a su vez, el individuo al disponer libremente de si mismo, de sus cualidades y recursos, lo debe hacer cooperando para que los demás vivan y desarrollen su ser de personas. Esto implica el ejercicio de la justicia social en la participación política,

en la organización económica, en el reconocimiento para todos de los derechos sociales tanto a nivel nacional como internacional; también el desarrollo de la mentalidad solidaria para fomentar una orientación clara hacia el bien común y enfrentar el individualismo que propone la superación personal al margen de un proyecto comunitario.


FUNDAMENTO BÍBLICO

La solidaridad cristiana hunde sus raíces en el proyecto salvífico de Dios; El se manifiesta en la revelación bíblica como Padre que quiere que las personas vivan la filiación con El y la fraternidad entre todos, en relaciones de confianza y corresponsabilidad. Dios ha creado al hombre y a la mujer, no para vivir aisladamente sino para formar comunidad, para vivir en solidaridad; del mismo modo los llamó y quiso salvarlos no sólo como individuos, sino como miembros de una comunidad, de un pueblo.

La Biblia nos presenta a un Dios solidario que no apoya el “status quo”, que no justifica ni es cómplice de las injusticias, sino que dirige al cambio del sistema social. De ahí las exigencias del amor a Dios y al prójimo, como el camino para la realización del Reino y la transformación de la historia; más aún, el amor y la preocupación por el hermano aparecen como expresión de la autenticidad del amor a Dios. Los profetas ofrecen, desde la realidad del pueblo, los criterios para verificar la verdad del compromiso con Dios en el amor eficaz y concreto al prójimo:

• Conoce a Yahvé el que juzga la causa del humillado y del pobre (cf. Jr 22,16; Mi 6,8).

• Se encuentra con Dios el que practica la justicia, el derecho y la misericordia (cf. Jr 9, 22-23).

• Ama a Dios quien observa sus mandatos y estos se refieren en gran parte a las relaciones con el prójimo (cf. DI 5, 2-21).

El acto primordial de la solidaridad de Dios es la Encarnación de su Hijo Jesucristo, quien asumiendo la naturaleza humana, unió a todos los hombres en una profunda solidaridad al constituirlos hermanos (Mt 23,8) y al comunicarles su Espíritu, que los hace capaces de entrar en comunión con Dios y con el prójimo. En Cristo, Dios establece la fraternidad universal. La solidaridad aparece así, como una expresión de koinonía cristiana: amor a Dios y a amor a los hermanos.

Sin Cristo la situación de los hombres era de separación, indiferencia, odio. El es nuestra paz, nos salvó haciéndonos hermanos para la solidaridad en el servicio mutuo, en el amor de una familia por encima de razas, clases sociales, sexo (cf. Ga 3,26- 28; 5, 13; Ef 2,14). Por otro lado, las relaciones del hombre con el mundo, según el plan de Dios se orientan en una línea nueva: la construcción de una sociedad justa y humana. La creación sometida por el egoísmo humano a una utilización desviada y abusiva en servicio de los intereses de unos pocos, anhela ser liberada de la servidumbre de la corrupción, para ser puesta al servicio de la comunión en el amor solidario (cf. Rm 8, 19-22).

Cristo Jesús con su práctica y enseñanza señaló el camino de la solidaridad cristiana, la cual tiene que ver con las personas y las estructuras socio políticas y religiosas. Desde Belén al Calvario, El enseña la concreción de la compasión y la misericordia con los pobres y marginados, con criterios de juicio; El se identificó con los excluidos de todo tiempo (Mt 25, 3lss); además mostró que si hay entrañas de misericordia, la solidaridad brota espontánea, es creativa y eficaz; por ejemplo en la parábola del Buen Samaritano (Lc 1; O,29ss). Jesús fundamenta esta solidaridad en el mandamiento nuevo del amor fraterno: “que os amáis unos a otros como yo os he amado... así reconocerán que sois mis discípulos” (Jn 13,34-35).

La Iglesia primitiva es rica en la experiencia de solidaridad; introduce una práctica social y económica que no es renuncia a los bienes de este mundo, ni abolición del derecho a la propiedad sino que “nadie padezca necesidad”, es una solidaridad básica, que responde a la verdadera experiencia de fe cristiana.


FUNDAMENTO CARISMÁTICO

La experiencia eclesial de Francisco Palau, lo llevó a ser claro en sus opciones de servicio incondicional a la Iglesia: Dios y los prójimos, y así lo enseñó a sus hijas. Tomamos tres textos conocidos para releer el enfoque de su solidaridad:

“Soy la Iglesia universal. En medio de los pueblos soy tu hija la Iglesia militante sobre la tierra, y lloro con los que lloran y sufro con los que sufren; aquí tu eres mi padre, mi médico, aquí mi consuelo y alegría, aquí tu palabra es el pan de mi vida, y cuanto haces a mis miembros los enfermos lo haces a mí y yo te lo agradezco y porque me buscas y sirves en los pecadores, enfermos y afligidos, porque en la pena y aflicción me das consuelo, por eso en el monte yo te devolverá mil por uno” (Escritos, p. 827,5). Identificación clara de los destinatarios privilegiados de su acción evangelizadora; clave de solidaridad para la Carmelita Misionera.

El P. Francisco Palau recuerda a las hermanas que dos son los aspectos esenciales de la vocación a que han sido llamadas: “Amarás a Dios, amarás a los prójimos’ bajo esta perspectiva las impulsa a vivir la contemplación y la misión, concretando ésta, en el cuidado de los más desvalidos, según su lectura de Mt 25,31 ss: “El amor a los prójimos trae e/alma de la soledad y la vuelve al mundo para salvar al mundo. Enseñar al que no sabe, visitar a los enfermos, socorrer a los pobres, vestir al desnudo, dar de comer al hambriento, etc.” (Cta 99).

La unión con Dios se consolida en el amor de los prójimos... Mírale en este cuerpo que es su Iglesia, llagado y crucificado, indigente, perseguido, despreciado y burlado. Y bajo esta consideración, ofrécete a cuidarle y prestarle aquellos servicios que estén en tu mano” (cf. Ctas 39-42).

Llamada urgente a toda Carmelita Misionera, en esta hora de la historia cuando no sólo algunas personas viven esta tremenda situación de sufrimiento, sino que pueblos enteros están siendo sometidos a los intereses de un sistema global que los excluye de los derechos más fundamentales del ser humano.

Nos urge concretar el amor a Dios ya los prójimos, acudiendo al llamado de la solidaridad que hemos de impulsar a todos los niveles y a distintas escalas, teniendo claro que ésta se mide no tanto por los afectos, los sentimientos, el fervor de los que ayudan, sino por la eficacia con que aporta cambios, mejoría a las personas necesitadas; más que una muestra momentánea de ayuda, debe obrar cambios en el mismo sistema social vigente para no perpetuar la dependencia de las personas beneficiadas por la ayuda solidaria. La solidaridad para ser auténtica, tiene que capacitar y crear nuevas estructuras de mutualidad y de responsabilidad común; en vez de reforzar las injusticias estructurales con medidas paliativas, las cuestiona y da lugar a paradigmas alternativos que conduzcan a nuevas formas de convivencia social, más justas y más fraternas.